SOY BRENDA LINCY: NACÍ DIFERENTE, Y TARDÉ AÑOS EN ACEPTARLO
Mi nombre siempre fue una pista: diferente, fuera de lo común, como si Dios hubiera querido recordarme desde el inicio que mi camino no sería igual al de nadie.
Mi historia no comienza con el ruido del mundo, sino con el silencio del campo.
Crecí entre montañas, pájaros madrugadores y caminos de tierra que parecían saberse mis pasos de memoria. Éramos una familia campesina con recursos escasos, pero con lo esencial para vivir: una casa humilde, comida sobre la mesa, ropa suficiente, escuela, unos padres que hicieron lo que pudieron y una naturaleza que me arropó como madre silenciosa. No crecí en la pobreza, pero sí entre límites que moldearon mi carácter.
Y aunque en ese momento no lo veía, hoy sé que fui profundamente bendecida.
A veces solo valoramos el paraíso cuando ya no estamos en él.
Mi padre era agricultor. Un hombre trabajador, responsable, protector… y profundamente machista.
Ese machismo se incrustó en mi vida como una sombra larga, una presencia constante.
Mi madre, ama de casa, llevaba una vida difícil; ahora entiendo que siempre hizo lo mejor con lo que tenía. Ambos eran hijos de sus propias heridas, repitiendo lo que alguna vez recibieron.
Desde niña me sentí diferente.
Muy introvertida, penosa, observadora. Llevaba dentro una sensación sutil pero persistente de no ser suficiente.
Me avergonzaba de ser mujer. Crecí con la creencia de que ser mujer era sinónimo de debilidad.
No lo aprendí en teorías: lo vi. Lo viví. Lo respiré.
Soy la menor de tres hijos, una hermana mayor y mi hermano el favorito de mi padre. Así lo sentí. Así lo viví.
Y esa herida temprana encendió una guerra interna: competía por su amor, por su reconocimiento, por su mirada.
Me construí una coraza. Me volví fuerte, dura, autosuficiente. Me convertí en un niño para sobrevivir en ese mundo masculino. Mi energía masculina empezó a dirigir mi vida, marcó mis decisiones, gobernó mis silencios.
Desde pequeña amaba aprender, escribir, reflexionar. El estudio fue siempre mi luz.
Aún guardo el recuerdo vivo —como si hubiese pasado ayer— del día en que mi padre llegó de trabajar y yo le pedí un cuaderno y un lápiz. Quería estudiar. Quería ir al colegio. Quería crecer. Pero la vida tenía otros ritmos. Después de terminar la escuela, no había dinero para continuar el bachillerato. Ese golpe me desgarró.
Pase cerca de cuatro años en casa, aislada del mundo. Mi rutina era ayudar en los oficios, sentarme en las tardes a ver televisión y sentir cómo mi vida se inmovilizaba.
Sin amigos. Sin oportunidades. Sin futuro aparente.
Ese silencio prolongado moldeó mi carácter: más introvertida, más solitaria, más encerrada en un mundo interno al que nadie tenía acceso.
A los catorce años ocurrió algo que marcó mi historia: por primera vez vi a mi madre plantarse con firmeza frente a mi padre. Llegó a la vereda una oportunidad para estudiar, y ella decidió defenderme.
Mi padre se enfureció. Pasó días sin hablarnos, repitiendo que el estudio “no era para mujeres”, que ellas solo iban a buscar novio.
Pero mi madre no retrocedió. Y gracias a ella, pude volver al estudio.
Ese gesto fue una de las primeras batallas ganadas en mi vida.
Me abrió una puerta. Me recordó que la fuerza también puede ser femenina.
ENTRAR AL MUNDO FUE MI PRIMER ACTO DE VALENTÍA
Volver al colegio fue extraño. El primer año fue duro: volver a relacionarme, volver a un mundo que ya no era mío. Pero el segundo año fue un renacimiento. Hice amigos, me integré, descubrí partes de mí que creía perdidas.
En esa etapa las hormonas despertaban, los niños empezaban a gustarme, pero yo reprimía todo. Mi padre tenía reglas: no novio antes de los 15. Y aun después de los 15, no tuve ninguno. Él repetía que si conseguía novio perdería el estudio. Y yo crecí creyendo que su mirada era ley.
Había un chico que me gustaba, pero “gracias a Dios”, como digo hoy, él solo me vio como amiga. Todo fue exactamente como tenía que ser para llevarme hasta aquí.
MI IDENTIDAD TOMABA FORMA: SER FUERTE, SER EXCELENTE, SER MÁS
En el colegio me destaqué.
Mis notas siempre eran de excelente: aplicada, disciplinada, responsable.
Mi carácter fuerte también sobresalía.
Me apodaron Brenda Maldonado, por un personaje de novela mandona y brava.
No era solo un apodo… era un espejo.
A LOS 18, ROMPÍ OTRA JAULA
A los dieciocho, dejé mi casa. Salí al mundo por segunda vez, esta vez con más conciencia del miedo pero también más hambre de libertad.
Me mudé a Cali con mi hermana y allí terminé el bachillerato.
Fue una etapa de expansión: conocí otra realidad, otras personas, otro ritmo de vida.
Mi hermana se integró a una iglesia evangélica y, por estar con ella, yo también. En ese momento, era el camino que tenía disponible para acercarme a Dios. Pero más adelante entendí algo profundo: la espiritualidad no cabe en las paredes de un templo. Dios y las religiones no siempre caminan de la mano. Con el tiempo entendí que la espiritualidad y la religión no son lo mismo, y que mi conexión con Dios no necesita intermediarios.
Fue una etapa llena de aprendizajes y contradicciones. Pero fue necesaria porque cada experiencia, incluso las que parecían desvíos, me estaba llevando hacia mi propósito.
Esa infancia y adolescencia fueron el molde de mi alma:
—la niña que se sintió diferente,
—la joven que aprendió a ser fuerte,
—la mujer que empezó a despertar, aun sin saberlo.

